domingo, 26 de enero de 2014

Del templo del mar a la bola de mantequilla: Mamallapuram

Durante nuestro primer desayuno en Mamallapuram o Mahabalipuram decidimos que lo mejor para recorrer la colección de templos y monumentos arqueológicos del lugar era alquilar bicicletas. Después del desayuno en el restaurante de nepalíes (los nepalíes están en muchas partes de India y son una gran opción, por lo general suelen ser lugares muy limpios y la comida está muy buena) nos fuimos a buscar nuestro medio de transporte.

La caminata por la famosa calle Othadavai, llena de hostales y restaurantes, nos llevó a la playa. El mar de la Bahía de Bengala a nuestra izquierda guió los primeros pasos de exploración. Sin darnos mucho cuenta llegamos al “Shore Temple” o “Templo de la Orilla”, sitio que habíamos decidido visitar el final del día, pero ya que lo teníamos enfrente, con los pies llenos de arena y aun sin bicicletas pasamos a verlo.

Parece pequeño comparado con otros templos que he visto en India. Y bueno, ya de cerca lo es. Pero es una reliquia, esta pieza construida en piedra tiene más de mil años, se construyó por ahí del año 700 DC. Los Pallavas, una de las dinastías que gobernó Tamil Nadu, son los responsables de este templo y de casi todo lo que veríamos ese día. Ellos eran amantes y patrocinadores de grandes obras estructurales de arquitectura dravidiana, muchas de ellas en Mamallapuram.

Con el mar al fondo y acompañados por turistas indios, recorrimos el templo dedicado a Shiva, aunque también encontramos una parte dedicada a Vishnú. A la salida nuestra intención fue buscar las bicicletas, pero pronto teníamos al frente el “Arjuna's Penance”, en español llamado “El descenso del Ganges” o la “Penitencia de Arjuna”. Arjuna es un personaje del Mahabarata (libro épico de la India) quien a través de la penitencia pretendía obtener de parte de Shiva la bendición para vencer la guerra.

Este es un trozo de piedra esculpido que mide unos 29 metros de ancho y entre 6 y 13 metros de alto según el punto de donde se mire. Es un conjunto de figuras que narran historias míticas del hinduismo y del diario vivir del sur de India. Una de las figuras parece ser la de Arjuna haciendo penitencia, de allí el nombre. Pero los detalles parecen infinitos y puede uno pasar horas recreándose en la cabeza las historias a través de aquellas imágenes.

Este monumento nos invitó a seguir un camino que nos llevó a encontrar otros monumentos en piedra, en algunos momentos me recordó Hampi. Subimos, bajamos, nos encontramos con monos, lo de siempre en India, hasta que llegamos al “Five Rathas” en donde pudimos incluso tomarnos un descanso bajo la sombra de los árboles.

Este conjunto de piezas hasta hace 200 años estuvo cubierto de arena. Rathas significa carruaje en sánscrito, quizás querían representar el medio de transporte de los dioses. Lo impresionante de cada uno de estos monumentos es que cada uno fue esculpido de una sola piedra. En principio se cree que iban a ser templos, pero en realidad nunca fueron consagrados.

El atardecer lo vimos con el “Krishna's Butterball” al lado. La traducción literaria en español sería “La bola de mantequilla de Krishna”. No tengo muy claro por qué, quizás por lo frágil que se ve. Es una piedra gigante, sobre una base de piedra que se sostiene levemente de su base. Parece que el viento o un pequeño tropiezo o empujón de un visitante podría hacerlo rodar, pero al parecer ni los elefantes de los reyes Pallavas lo lograron en su momento.

Rodeados por cientos de indios que disfrutaban del atardecer con nosotros, aquel conjunto de monumentos se convirtió en un parque, niños jugando fútbol, familias compartiendo bajo los árboles o caminando por las zonas verdes, llenaron el cuadro. Así dimos por finalizado el recorrido por los monumentos que además son Patrimonio de la Humanidad según la UNESCO. A las bicicletas ni las encontramos ni nos hicieron falta.


El mar de la Bahía de Bengala.  Al fondo el "Shore Temple" o "Templo de la Orilla".  Construido alrededor del 700 DC.
En la playa.
"Shore Temple" o "Templo de la Orilla".  Construido alrededor del 700 DC.
Padre e hijo recorriendo el "Shore Temple" o "Templo de la orilla".
Recorriendo el "Shore Temple" o "Templo de la orilla".
Aquí en un breve descanso del recorrido del Shore Temple.
Los cuervos siempre presentes en India.


Desde arriba en conjunto de monumentos, el mar al fondo.

Visitante del conjunto de monumentos,
Arjuna's Penance o El descenso del Ganges o la Penitencia de Arjuna

Instante frente al Arjuna's Penance.
Caminando por Mamallapuram nos encontramos con Garuda.  Garuda es un águila que es el vehículo de Vishnú.
Graffitis en los monumentos.

Graffitis en los monumentos.
Alguna batalla.
Ganesh tallado en piedra.  En Mamallapuram los artesanos se dedican a tallar figuras en granito especialmente.

Five Rathas.


Saliendo de la escuela.

Y ella decidió que era el momento de autografiar la piedra. 
Krishna's Butterball. Ni los elefantes de la dinastía Pallava pudo mover esta piedra. Aunque parece que un leve empujón pueda tirarla. 





























martes, 31 de diciembre de 2013

Breve momento en Chennai


En el aeropuerto de Chennai me encontré con Sebastián. Nos conocimos brevemente en Barcelona luego de habernos contactado a través de un foro de Lonely Planet y un anuncio en la librería Altaïr. Habíamos acordado acompañarnos en el viaje por la región de Tamil Nadu, al sureste de India.

Teníamos como meta cerca de diez destinos en esta región, lo cual era bastante ambicioso, especialmente cuando yo había hecho la mitad de lugares en las tres semanas anteriores. Sin embargo, confiábamos en que la compañía y el trabajo en equipo harían el viaje menos pesado y facilitaría movernos durante los siguientes veinte días. De Chennai teníamos pocas expectativas y por lo tanto le dedicamos pocas horas. Estaríamos la tarde del primer día y al día siguiente después de comer saldríamos a Mamallapuram.

Chennai es la capital de Tamil Nadu y una de las ciudades más grandes de India, tiene casi 8 millones de habitantes. Al principio intentamos caminar y ubicarnos solos, pero finalmente la falta de cuadrantes y el tamaño y desorden de la ciudad, nos obligó a subirnos a un tuc tuc que nos llevó a comer, deliciosamente, como ya es costumbre en India, y luego otro tuc tuc nos llevó a la famosa Marina Beach.

Para cuando llegamos a Marina Beach ya era de noche. No sabíamos muy bien que esperar. Pero pronto un camino nos llevó hacia la playa y empezamos a descubrir un pasillo sobre la arena dibujado por chinamos con ventas de todo tipo de tiliches, chai y pescado. El pescado parecía fresco y lo cocinaban al instante enfrente de los ojos del comensal.

Pronto llegamos al frente del mar en donde decenas de indios se conglomeraban a observar el golpe de las olas en la orilla, o quizás a escucharlo. Unos caballos pasaron a nuestro lado, nos ofrecieron un paseo por una módica suma, 'no thank you'.

Durante el regreso a la calle nos encontramos con los 'videntes' o 'adivinadores'. Están sentados con velas a su alrededor, listos para leer el futuro a quien se los solicite.  Aunque era tentador preguntar, preferí concentrarme en el presente, como lo he venido haciendo en este viaje.  Finalmente llegamos a la calle, en donde tocó negociar con los chóferes de tuc tuc el mejor precio para regresar al hotel.

Al día siguiente visitamos el Fort Museum y el Fort George. Personalmente disfruté más la caminata que el lugar en sí. Luego subimos a un Faro que reabrieron hace poco. Desde arriba, compartimos con otros visitantes, en su mayoría indios, la vista de Chennai. Desde allí descubrimos los contrastes de esta ciudad tan grande.

Fuimos a almorzar a Saravana Bhavan, recomendación de Sebastián por su experiencia en días anteriores en Nueva Dehli. Delicioso! Comí mi nuevo postre favorito: una falooda.



Los bananos rojos.

Chinamos en Marina Beach. Se prepara el pescado al instante.

Fried bananas.

Arte urbano en la ciudad de Chennai.

Caminando por Chennai.

Entrada al metro.

Caminando por Chennai.

Caminata por Chennai.

Los niños siempre quieren fotos.

El elefante que se funde con la vaca.

Vista de Chennai desde el Faro.

Vista de Chennai desde el Faro.

Vista de Marina Beach desde el Faro.

Vista de la playa desde el Faro.

Con Sebastián en el Faro.

Nuestra compañía en el Faro.

Mi reflejo. 
Gandhi. 
Falooda.

jueves, 12 de diciembre de 2013

De amaneceres, meditaciones y llegada a Chennai


Tres días estuve en el ashram de Sivananda en Trivandrum.  La mañana del cuarto día salí en taxi hacia el aeropuerto para tomar un avión a mi siguiente destino: Chennai, en el estado de Tamil Nadu, al sureste de India. Lo que nunca me imaginé fue que el congestionamiento vial fuera tal aquí que hasta las montañas llegara. No pasaron más de 15 minutos de paz después de salir del ashram, cuando nos detuvimos en una calle angosta en medio de la montaña, llena de los bocinazos y motores de los cientos de vehículos de todos los tipos.

'Problem ma'am' me dice el chofer. Inmediato vacío en la panza, leve microsegundo de pánico. Aquí nadie habla mucho inglés. No me supo explicar el 'problem', pero entendí que no podíamos pasar. Yo mantuve la calma, por dicha había previsto el típico problema 'indian style' de siempre e íbamos con una hora de más de tiempo, dato que nunca le revelé al taxista por supuesto. El taxi dio vuelta, se metió por una calle aun más angosta, empezó a preguntar direcciones, lo cual es preocupante desde mi punto de vista en un taxista, y dos horas después llegué a tiempo para tomar mi avión.

Estaba muy calmada durante el 'problem ma'am', me sorprendí positivamente. Mis días en el ashram tienen todo que ver con esto. Así como lo hice durante el mes de mi entrenamiento de yoga en Mysore, estos tres días rigieron alrededor de un horario estricto. Despertador a las 5 a.m., meditación de 6:00 a.m. a 7:30 a.m., clase de yoga de 8:00 a.m. a 10:00 a.m., desayuno de 10 a.m. a 11 a.m.. De 11 a.m. a 12 md karma yoga (ayuda en el ashram: quehaceres de orden, limpieza, cocina, etc.), de 12 md. a 12:30 p.m. preguntas y respuestas con los profesores sobre meditación, de 12:30 p.m. a 1 p.m. lo mismo pero con la clase de yoga. De 2 p.m. a 3:15 p.m. clase teórica sobre filosofía del yoga, de 4 p.m. A 6 p.m. de nuevo clase de yoga, de 6 p.m. a 7 p.m. cena y de 8 p.m. a 10 p.m. meditación y cantos. Por supuesto después de un día así no hay nada más que hacer que ir a dormir a las 10 p.m.

La experiencia en un ashram o del yoga es muy personal y cada quien la vivirá de manera distinta. Para mí el primer día fue difícil, especialmente porque creo que estaba juzgando mucho todo, pero una vez que pasé esa fase, lo disfruté, conocí gente muy bonita, pero sobretodo estuve de nuevo sola conmigo misma, en silencio, ese silencio que tanto valoro desde hace meses y al que recurro cada vez más a menudo.

Las tardes en el ashram se cubrieron de aguaceros, de esos torrenciales que bañan el Valle Central en Costa Rica todas las tardes. De nuevo la nostalgia, esa que no me deja olvidar el país del que salí hace un año y pocos meses. Recordé cuando mi profesor de yoga en Mysore nos dijo que en India cuando uno inicia un proyecto nuevo y llueve es de buena suerte.

El último día, antes de tomar el taxi a las 8 a.m., hicimos caminata de meditación a las 5:30 a.m. El día anterior mirando hacia las montañas vi en la cúspide una casita. Me pregunté cuánto se tardaría en llegar ahí y cómo se llegaría. Como si alguien me hubiera escuchado, la respuesta a mi pregunta llegó durante la caminata del último día. Fuimos a ese lugar a meditar, en la cúspide la montaña, un templo dispuesto para que el amanecer sea la mejor manera de canalizar una meditación.

En el taxi camino al aeropuerto no podía dejar de pensar en lo que vieron mis ojos. No llevé mi cámara, pero el móvil hizo algunos milagros. Eramos unas 100 personas meditando juntas, cantando y sobretodo disfrutando de ese amanecer encima de una montaña en Neyyar Dam, que para mí es incomparable con ningún otro.

Finalmente cuando llegué al aeropuerto me tomé un café con muchísimo placer, llevaba tres días sin probarlo. Abordé y una hora má estaba al otro lado del sur de India, en Tamil Nadu. En pocos minutos llegaría al aeropuerto también Sebastián, él desde Nueva Dehli, con quien iba a viajar los siguientes días por ese estado de India.
Mi cuevita durante los días de ashram.

Los zapatos afuera.

Estudiando en una de las pocas horas libres.

Entrada al templo en donde meditábamos todas las mañanas y noches.

Meditar, arriba, en el templo. 
Ganesh presente.

Uno de los mejores amaneceres que he presenciado. 
Impresionante.

Con absoluta certeza y meditando. 




martes, 3 de diciembre de 2013

De Kochi a Trivandrum

En India para viajar en tren lo mejor es planificar los viajes con antelación, mínimo dos o tres días y aun así es complicado conseguir tiquetes . Lo recomendable es hacerlo con semanas de anticipación si no se quiere sufrir con las listas de espera o con los 'subidones' repentinos de precio de los 'emergency tickets'.

El deseo de irme al ashram de Sivananda ocurrió de repente, no estaba en el plan, por lo que tiquete de tren imposible.  Así que en estos casos la mejor opción es ir al 'bus stand' y buscar el primer bus que llegue más o menos cerca al destino.  Además sabía que tendría que conectar con otros buses una o dos veces antes de llegar al lugar deseado, así es India.  
Empaqué todo y salí a las 7 a.m. de Fort Kochín. Llegué a la estación de bus, pregunté e inmediatamente me señalaron un autobús. Tuve que capearme un charco de barro haciendo equilibrio con mi mochila para subirme. Después de colocar mi mochila en el suelo, en un asiento de esos de tres personas pero sin división bajé en busca del chofer pues necesitaba ir al baño antes. Había un señor que para mí tenía pinta de chofer, le pregunté que cuando salía el bus, me dijo 'ten minutes', yo le dije si me daba tiempo de ir al baño y me contestó que claro.

Se suponía que iban a ser cinco horas de viaje. Era un bus sin vidrios, el aire circulaba libremente lo que mejoraba la calidad del viaje. Dormitaba a ratos, cada hora cambiaban los traseros que rozaban el mío, pero siempre señoras muy respetuosas, pues iba del lado dispuesto para mujeres. A las 4 horas paramos. El señor que para mí era el chofer se asomó por mi ventana y me dijo: '20 minutes ma'am, coffee'. Salí corriendo, tenía mucha hambre. No sé donde estaba, creo que era la única guiri o turista en aquella estación y aunque mi color de piel siempre los hace dudar si soy o no india, en este caso mi ropa y la mochila me delataban.

El trayecto se interrumpió a unas dos horas de llegar, el bus tuvo una avería. De nuevo el señor que yo pensaba era el chofer me avisó: 'ma'am, changing bus'. Y ahí descubrí que este señor era un pasajero más y simplemente había estado todo el viaje pendiente de mi bienestar.

Cuando nos cambiamos de bus nos sentamos juntos en la parte de atrás. Con un inglés bastante limitado logramos contarnos esas intimidades de compañeros de bus. Era astrólogo y su familia era la dueña de uno de los templos hindúes de Trivandrum. Me enseñó sus condecoraciones e identificaciones. Llevábamos una hora conversando y sabía que en cualquier momento se avecinaba la pregunta de siempre...: husband? Yo trataba de distraer el tema, estaba muy ansiosa, este era astrólogo, no le podía mentir, se iba a dar cuenta. Empecé a repasar en mi cabeza soluciones, así que pensé que tenía que imaginarme un 'husband' real, entonces ubiqué a un buen amigo en mi cabeza y respondí a todas sus preguntas con esa imagen. No sé si lo creyó o sabía la verdad. Este viaje me ha hecho construirme una cantidad infinita de maridos, no llevé la cuenta ni los enlisté, pero me he divertido inventando historias de mi marido doctor, abogado, actor, profesor de yoga, político, psicólogo, músico, veterinario, economista, periodista, cineasta. Ahora puedo agregar a mi lista un marido astrólogo, esa profesión no se me había ocurrido.

Al llegar a Trivandrum, mi amigo astrólogo me acompañó hasta la estación de bus para hacer conexión al pueblo del ashram. No se podía esperar pero rápidamente un señor y su familia me acogieron y se comprometieron en acompañarme en el bus y guiarme. Por dicha, porque ya estaba en esas zonas en donde los rótulos no tienen ni media letra en tipografía occidental, leer me resultaba imposible.

A pesar de que eran las 3 de la tarde y no había comido nada más que las galletas y el café en todo el día y estaba en medio de la nada, estaba tranquila. En este viaje he aprendido a confiar que todo va a salir, no sé si bien o mal, pero sale, y si me preocupo gasto energía que luego necesito para solucionar. Así que de nuevo fui víctima de los 'relevos de la solidaridad India', del astrólogo a la familia india y de ahí al ashram.

Después del último bus tomé un rickshaw, empezamos a subir la montaña, los pueblos empezaron a desaparecer y las montañas a tomar su lugar. Cuando el aguacero torrencial secuestró el paisaje y el carrito empezó a menearse y el agua a colarse por todo lado, caí en cuenta de la locurita que estaba cometiendo que por dicha salió bien. No sé como lo hice, nada estaba planeado, fui conectado buses y la gente se fue turnando para cuidarme y al final llegué. El ashram de Sivananda: tres días de silencio, yoga, meditación, naturaleza y nuevos encuentros.

El bus que me llevó desde Kochi hasta donde se descompuso.

Aquí esperando el nuevo bus.  a la derecha con camisa café mi amigo el astrólogo.