miércoles, 8 de mayo de 2013

'No me robaron abril'/Roma de cero a cien

Estancia en Roma: 24 al 27 de marzo.
 
‘No me robaron abril’

Ya está bien entrado mayo pero no puedo dejar de pensar en abril.  Y es que este año ‘no me robaron abril’, me lo comí, cada segundo de abril estuvo delicioso.  Hacía mucho no conocía tantos lugares nuevos, pero sobretodo, hacía mucho no pasaba tanto tiempo conmigo misma.

Creo que haber tenido tantas ‘primeras veces’ en un solo mes, me tiene aturdida, no porque no lo haya disfrutado, sino porque quizás nunca me imaginé se pudiera hacer a una misma tan hermosos regalos, regalos que básicamente consisten en experiencias nuevas, pero sobretodo experiencias que me han permitido re-conocerme.

Con cada viaje que he hecho, y gracias a la vida (y a mis papás) eso empezó hace más de 20 años, mi forma de viajar evoluciona. Cuando estaba en mi adolescencia no importaba la comida o el lugar dónde dormir, buena compañía y bonito lugar era lo esencial.  En mis veintes esa premisa continuaba, pero lo de la compañía no siempre se podía, así que aprendí que sola también se disfruta conocer lugares nuevos.

Mientras planeaba mi viaje a Italia, descubrí, con mucho pesar,  que quizás lo único que me queda de mochilera es mi mochila.  Planeé muchas cosas con antelación que antes a lo mejor no me hubieran importado.  Pero estaba tan emocionada de experimentar estos lugares nuevos que lo último que quería era perder tiempo resolviendo temas logísticos, como dónde iba a dormir o qué tren, bus o avión debía tomar para mi siguiente destino.   Y como iba a hacer esta travesía completamente sola deseaba aprovechar todos los segundos en lo que toca, no en solucionar logística, sino estar, estar y estar.

Cuando escogí los hostales u hotelitos en los que me quedé me fui despidiendo poco a poco de la ‘yo’ a la que no le importaba dónde quedarse, esta vez no quería, por ejemplo, estar en un lugar lleno de adolescentes teniendo su ‘spring break’, justo porque sé lo que eso significa.  Aun así, dados los precios exorbitantes en este continente para el hospedaje, tuve que ceder y experimentar algunas opciones que al principio no me sonaban y que debo confesar me dieron angustia escoger.

Una vez escogidos los hoteles y hostales, decidida la cantidad de días por ciudad, todo estaba listo.  Me fui a Italia, por primera vez!

Roma: ¡de cero a cien!

Siempre he soñado con que exista la teletransportación, estar en un lugar, cerrar los ojos y aparecer en otro.  Eso más o menos me pasó para llegar a Roma.  Salí un domingo, pero como quería llegar lo antes posible tomé el vuelo con la salida más temprana, sin tomar en cuenta que eso me hizo salir casi de madrugada de mi casa.  A las 4:30 a.m. me levanté, había dormido apenas un par de horas gracias a mis constantes discusiones con Morfeo, y a las 7 a.m. ya estaba volando hacia Roma.

Del vuelo no me acuerdo, creo que estuvo bien, por lo general volar me provocan muchos nervios, pero esta vez, cerré los ojos y cuando los abrí ya estaba en Roma: ¡teletransportación!  En el aeropuerto empecé a buscar la salida al tren como lo tenía planeado, por 14 euros me llevarían al centro de Roma, pero me tropecé con el servicio de buses que me llevó por 5 euros (más dinero para gelato, muy bien).

Una vez que llegué a la Estación de Termini en el centro de Roma me fui a buscar mi hostal.  Fue muy fácil encontrarlo porque estaba a pocos metros de la estación. Me chequeé, dejé mi mochila, me dieron un mapa y manos a la obra,  Roma me estaba esperando. 

Mi primer tropiezo fue con el Coliseo.  La recepcionista del hostal me sugirió ése como primer punto por conocer, me lo señaló en el mapa y me fui.  Según el mapa serían unos 15 minutos caminando, yo duré 40.  Si me había costado ubicarme en Barcelona porque tenía una Diagonal, explicar lo que le pasó a mi sentido de orientación en Roma es impresionante, es lo de Barcelona pero multiplicado por el infinito, con la diferencia de que llegué a dominar Roma y soltar el mapa en menos tiempo de lo esperado.
Roma tiene tantas callecitas que van al mismo lugar, pero que además la misma calle cambia de nombre a la mitad y cuando uno se percata piensa que se metió por otro lado, pero no, todo está bien, pero una piensa que no, se devuelve, cambia el nombre de la calle de nuevo, una regresa pero vuelve a cambiar el nombre, en fin, di vueltas, muchas vueltas, conocí partes que a lo mejor no eran las más turísticas; con menos de dos horas de estar en Roma ya estaba de intrépida en zonas poco amigables, pero nunca pasó nada anormal ni cerca de estarlo.

Pero de pronto ahí estaba: El Coliseo.   Esa foto que me enseñaron en los libros de historia del Cole y en los de historia del teatro en la Universidad, de repente ante mis ojos se materializaba una imagen que hasta ese día había sido de papel y me cabía en la mano, ahora ni siquiera me cabía en mi ángulo de mirada.  Sí, El Coliseo, es muy…, es El Coliseo.

Me fui a hacer la fila y ahí reconocí la gran herencia que han dejado los italianos en nuestro continente, sentía que estaba en cualquier país latinoamericano.  La fila para llegar a la venta de tiquetes era una masa deforme que se abalanzaba sobre las ventanillas.  Gritos, golpes, la fila moviéndose en masa, pero no se sabía en qué lugar estaba nadie, yo ni siquiera sabía quien era el primero porque se llegaba de tres en tres al frente de la ventanilla.  Era un desastre, me sentí como en casa.  Para llegar a comprar un único tiquete me tardé casi una hora, se me metieron en la fila decenas de personas, es que a mí me cuesta eso de empujar y saltarme las líneas, pero confieso que conforme pasaron los días aprendí, porque en Italia si no se hace así, no se entra a ningún lado.

Una vez dentro y con mi audioguía pues no quería perder detalle empecé a reconocer caras, muchas caras.  Empecé a asustarme como a la quinta persona que pensaba que conocía, era muy raro.  En algún momento pensé que estaba teniendo visiones, o que era gente muerta, o los personajes de mis sueños se estaban materializando.  Claro si El Coliseo de mi cabeza se materializó a ese pedazo de edificio, pues quizás esas personas también…Después reconocí que habíamos compartido vuelo desde Barcelona, parece que todos habíamos decidido empezar Roma por El Coliseo.
Le di como tres vueltas a cada piso, tomé fotos, estaba tan extasiada de estar en lugar como este, no me lo podía creer.  Era como si una hada de un cuento se me hiciera realidad, pero éste era un edificio de un cuento de los libros que me había tocado estudiar.  Pero de pronto, las masas empezaron a aplastarme.  Me percaté que era una semana intensa la que había escogido para viajar, era Semana Santa y los grupos de turistas que seguían una sombrilla o una banderita eran innumerables; Italia había sido invadida por los ‘zombies turistas’ y yo estaba en medio de esa batalla sin saber muy bien a donde huir.




El hambre me hizo salir del Coliseo, sin esperanza de regresar ni ese día ni otro, aun tenía una larga lista de expectativas por cumplir, pero sobretodo necesitaba que mis pies sintieran Roma.  Así que empecé a caminar hacia a algún lado, no tengo claro donde llegué, pero era un barrio lleno de callecitas de piedras, callecitas tan angostas que era casi imposible que pasaran carros.

Fuentes, gente caminado, gelatos, hasta que encontré una pizzería con terraza y el sol de una primavera, muy tímida para mi gusto, me invitó a entrar. ‘Mesa para uno’, digo,  ‘¿qué? ¡Una chica tan guapa sola!, me dice el anfitrión del restaurante.  De lo de ‘guapa’ no me quejo, pero cómo les costó a los italianos aceptar que una chica viajara sola y comiera sola, esta escena se repitió cada día que estuve por ahí.

Comí delicioso en mi mesa para uno.  A mi lado había una pareja de holandeses con su hija de unos 4 años.  Estaban de vacaciones huyendo del frío de Holanda (el verdadero frío pensé, intenté no quejarme del frío de Barcelona).  Me contaron que habían venido hacía unos diez años y ahora estaban de regreso porque habían se enamorado de Roma.  La esposa saltó y agregó que todo es perfecto: el clima, las calles, sobretodo las compras son buenísimas.  Hablamos un rato hasta que llegó mi recibo de la cuenta y me despedí de mis nuevos amigos de almuerzo,  pues había agendado ir al teatro y casi era la hora.

Empecé de nuevo mi caminata por esas callecitas empedradas, a veces difíciles de caminar, me recordaban un poco las de Antigua Guatemala, que en alguna visita por trabajo tuve que recorrer en zapatos de tacón, este no era el caso, pero había momentos que se sentía así.  Las imágenes de los edificios antiguos de pronto se enriquecían con una columna romana de alguna ruina perdida en medio de la ciudad.  Es que Roma es un poco eso, una mezcla de etapas de la humanidad, no hay foto que pueda explicarlo.


Mientras caminaba con mi mapa a cuestas, que efectivamente revelaba lo ‘guiri’ (manera en que los españoles se refieren a los turistas, es un poco despectivo) que era en aquel momento, se me acercó una pareja  de‘guiris’ como yo, con el mapa más abierto que el mío para preguntarme por la Fontana de Trevi.  ‘!Uy!, dije, no tengo claro ni dónde estoy’.  Se rieron conmigo, descargando la angustia que resulta al no encontrar la calle por la que uno va en el mapa.  El chico, agradecido de escuchar español,  me dice  ‘estas calles son difíciles, quien fuera cartero en esta ciudad’.  Les indiqué por donde había recién pasado en el mapa y  así quizás podían deducir como llegar a la Fontana de Trevi.

Las 24 horas desde mi llegada no habían pasado, pero ya lo sabía todo sobre Roma: en Roma hay que entregarse, dejar el itinerario perdido, dejar las expectativas del orden para conocer los puntos de interés, perderse por esas calles, aunque uno no se encuentre lo esperado, siempre aparece  algo impresionante de ver.

Llegué al teatro con tiempo suficiente de milagro.  Lo que vi fue una recomendación recibida por medio del couchsurfing.  Pregunté en un foro sobre Roma por recomendaciones de obras de teatro ‘no oficiales’ y llegué a un teatro ‘tomado’.  El teatro fue tomado por unos artistas y ahora lo gestionan ellos, de hecho están por formar una cooperativa (tema para una entrada de blog más adelante, mucho qué comentar en estos tiempos de crisis cultural).

Era una obra más para niños, así que ahí estaba teletransportada, con no sé cuántos kilómetros de caminata, en medio niños que corrían por todo lado esperando iniciara la función.  Sobre la obra poco me enteré, el sueño me ganó, es que era la primera vez que me sentaba en más de doce horas, sin haber dormido más que dos, yo creo que la obra no era mala, pero simplemente caí agotada en aquella butaca de terciopelo rojo.  El teatro era una joya arquitectónica, una estructura de teatro inspirada en el renacimiento, con palcos, perspectiva y todo.  Todo esto a cargo de unos artistas independientes que se opusieron a su cierre y lo tomaron, así de simple.  A pesar de estar dormida estaba muy emocionada. 

Una vez finalizó la función empecé a buscar camino al hostal y me encontré de frente y a quemarropa con el Panteón.  No era momento de quedarse, pero me senté un ratito en la fuente para admirarlo. Finalmente encontré un autobús que me llevaría hasta la zona de Termini, donde estaba mi hostal.


El Panteón

Era domingo por la noche, no cabía un alfiler en aquel bus, ni siquiera podía ver el trayecto por la ventana.  Además tocaba ir haciendo equilibrio todo el tiempo, porque en Roma los chóferes conocen sólo dos velocidades: o cero o cien.  Así que cada vez que se detiene lo hace de pronto y sin aviso con lo cual todos los pasajeros chocábamos hacia delante y luego arrancaba de repente pasando a cien, con lo cual todos nos íbamos en masa y apiñados hacia atrás.  Después de cada viaje en autobús una se siente vinculada de una manera muy profunda con toda esa gente, son quince minutos o más de acercamientos corporales intensos con todos esos anónimos, eso tiene que generar vínculo definitivamente.

Regresé agotada a mi hostal, la posible angustia de dormir junto a siete desconocidos ya ni siquiera existía, yo solo quería una cama; caí rendida.

Por supuesto habían FIATs



Cuántos años esas piedras ahí...

Detrás de esa sombrilla:turistas, muchos de ellos.

Desde adentro




Con disfraz de romano

En alguna calle de Roma


Edificio, edificio, edificio, ah ruina romana al fondo.

Procesión celebrando la Semana Santa

No podía faltar...


Comiendo gelato detrás del panteón.



viernes, 26 de abril de 2013

De rosas, dragones, princesas y libros

En la casa de mis papás siempre hubo una biblioteca llena de libros.  Mientras crecía yo veía aquel estante enorme con respeto, era gigante, para alcanzar un libro en la parte más alta tenía que trepar audaz y cuidadosamente por cada uno de sus estantes. Los libros de cuentos, con dibujitos, estaban colocados en la parte de abajo (mis papás entendían de merchandising), era fácil acceder a ellos.  ¿Pero los de arriba qué tendrán?, me preguntaba constantemente. A veces me subía y bajaba alguno, pero no tenían dibujos y pensaba que por eso no tenían nada qué contar, qué aburrido, libros sin dibujos, seguro que contendrán datos de adultos que no logro entender y devolvía el libro a sus alturas perdiéndome del gran descubrimiento que hice años después.

Así que seguí leyendo los libros con dibujos, hasta que un día, en la escuela nos mandaron a leer un libro, creo que era “El árbol enfermo” de Carlos Gagini, aunque no estoy segura.  La cosa es que cuando le pedí a mi papá ir a la librería por el libro para cumplir con la asignación, me llevó en su lugar a la biblioteca gigante que estaba en la casa y sacó un libro de los ‘aburridos’, con páginas amarillentas y me lo dio, éste es, dijo.  Yo lo abrí y me sorprendí que no tuviera dibujos.  Ya había pasado algún tiempo desde la última vez que intenté leer alguno de esos libros en los estantes más altos.

Como siempre fui muy cumplida con las asignaciones escolares me puse a leer sin renegar y no pude parar, era una historia, ¡un cuento largo!   El libro no tenía dibujos pero los dibujos se creaban en mi cabeza.  Descubrir que en los estantes de arriba de la biblioteca, los libros sin dibujos me contarían historias nuevas, me hizo entrar en el mundo de la lectura.

Por eso vivir el pasado Sant Jordi en Barcelona fue un acontecimiento para mí.  Yo no podía creer ni entender cómo era que habían miles de personas, incluida yo, en decenas de cuadras comprando, viendo y/o manoseando libros.  Pero voy por partes, que de acordarme empiezo a hiperventilar de nuevo.

En Sant Jordi o el Día del libro y la rosa, la costumbre es regalar a los seres queridos una rosa y un libro (en principio la rosa a la mujer y el libro al hombre, pero ya estamos en otros tiempos y eso no es tan así).   La rosa porque es el día de Sant Jordi y la historia cuenta que cuando Sant Jordi salvó a la princesa del dragón, de la sangre derramada por el monstruo emergió una rosa roja que el caballero entregó a la princesa.  Esta conmemoración coincide con que el 23 de abril también es el día del libro (la muerte de Cervantes y Shakespeare).  Entonces, aquí, a alguien se le ocurrió sincretizar la cosa y ¡zas! En lugar de San Valentín, tienen un día en que se demuestra el amor a través de libros!!!! (empiezo a hiperventilar de nuevo).   




Es que se me se me sale la gestora cultural de la que huyo hace meses, pero qué gran ejemplo de política cultural es ésta, ya sea adrede o inconsciente, es un gran acierto.  Todos los 23 de abril con una celebración que además es bellísima, se moviliza la economía cultural, en específico la de la literatura (bueno y la venta de rosas también).

Este día en Barcelona y otros lugares de Catalunya, las calles, las ramblas, todas las esquinas se llenan de libros y rosas.  Hay  puestos con libros nuevos y con libros usados, de todos los temas que se puedan imaginar y de todos los precios, además suelen haber descuentos.  

Las Ramblas cuando aun quedaban algunos espacios para pasar.

También se aprovecha como plataforma de reivindicación de la cultura catalana, se ven banderas de Catalunya por todas partes, incluso en las rosas, camisetas reivindicando el idioma catalán, sumado a que casi todos los libros de “moda” cuentan con su traducción al catalán.



Por otra parte,  autores importantes o no tan importantes (esto depende de la lupa con la que se mire), visitan la ciudad para firmar sus libros.  La gente que admira a estos autores hacen filas enormes, de horas, como las niñas adolescentes listas para ver a alguno de sus ídolos musicales.  Esta admiración y respeto por los autores es impresionante.

Por supuesto hay miles de críticas y observaciones que se podrían hacer, como que muchos de los autores firmando no necesariamente son autores si no estrellas de la televisión que escriben sobre temas livianos, pero honestamente, mientras la gente lea, ya eso es un inicio, sea lo que sea, leer finalmente lo lleva a uno a seguir leyendo, es una adicción y si se empieza por libros menores ya llegarán al gran descubrimiento y no podrán detenerse.

Yo aun no termino de digerir este día, me emocionó mucho, recibí una rosa y dos libros físicos (llevo meses poseyendo solo los electrónicos).  Es una gran idea, un día hermoso, todo el mundo camina feliz por la calle con sus rosas y sus libros (este año incluida yo).   Creo que se debería fomentar más que los regalos en distintas celebraciones sean productos culturales, extenderlo a otras artes: entradas al teatro, al museo, a conciertos.

¡Ya quiero que sea 23 de abril otra vez!!!!










Felices con sus libros!

martes, 19 de marzo de 2013

Montserrat

 
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 Estaba en lo más alto, el aire me llegaba directo a los pulmones, a mis pies el río Llobregat se dibujaba y rodeaba todo aquel pedazo de tierra mientras lo contemplaba.  En medio de los acantilados descubrí un diminuto punto amarillo: el carrito del teleférico que me transportó unas horas antes hasta la cima.  El mundo se me presentaba inmenso, pero al mismo tiempo era tan pequeñito que parecía lo podía tomar entre mis dedos.

Abajo a la derecha, el punto amarillo, es el carrito del teleférico por el que subimos.
En ese mirador aparte de la excepcional vista,  lo único instalado aparte de la baranda era una cruz que se imponía para desafiar e ir todavía más alto.  En la cruz habían mensajes de quienes estuvieron ahí, quizás para dejar constancia de su subida, a la cual agregaban dedicatoria y todo: ”Para el mejor tito del mundo”, “Cuñao nunca te olvidaremos”.

Éramos cinco ahí arriba a pesar de que la excursión la habíamos empezado siete.  Circunstancias tan particulares fueron las razones por las que fuimos menos en la cima, como las que nos llevaron a cinco desconocidos a compartir la sensación de aquel paisaje, pero una vez allí nos sentíamos como grandes amigos, quizás lo éramos, escalar una montaña de estas genera lazos se quiera o no.
Las montañas.

Mientras estaba allí arriba pensaba en esa necesidad del ser humano de explorar las alturas, pero no sólo explorarlas si no conquistarlas. Mientras discutíamos cómo habrán construido lo que hay en Montserrat, en lo complicado que pudo haber sido, pensé en Machu Pichu, mientras estuve en aquel lugar también me preguntaba cómo lo habían hecho, es que cuando se está tan arriba y lo difícil que es subir, es inevitable pensar y ¿cómo subieron con piedras y ladrillos si yo apenas pude conmigo misma?.

Montserrat tiene una historia de más de mil años.  De hecho es un santuario, en la cima, a la primera que se llega porque por subir se puede seguir subiendo, están los edificios que fueron ermita, monasterio, abadía.  Son construcciones y reliquias que sobrevivieron a la Guerra Civil.  Al día de hoy, aun se puede asistir a actos religiosos católicos, pero también hay un museo con  piezas de  grandes artistas.

Construcciones humanas y construcciones naturales, las piedras ahí arriba, por encima del edificio.


Al Museo no fui, había demasiado cielo que ver la verdad.  Además, subimos tarde y teníamos poco tiempo, así que escogimos caminar y subir un poquito más.  El viaje en teleférico desde debajo de aquella imponente montaña rocosa da un poco de nervios, por lo menos a mí.  Don Juan José, orgulloso encargado del carrito en el que subí, me tranquilizó con su sonrisa e historias sobre el lugar.  Al regreso fue maravilloso escuchar un ‘Hola, Catalina’ cuando me reconoció y preguntó sobre mi día en Montserrat.

También se puede subir por el ‘tren cremallera’ para aquellos que se impresionan con el teleférico, por la cara que tenía uno de nuestros miembros del grupo que lo hizo, no sé si es la mejor opción.  El carrito del teleférico para mí sí lo fue, vistas de casi 360 grados, tanto a la ida como a la vuelta.

Además, hay un tren en el que se puede ir todavía más alto.  Ese sí me dio mucha impresión porque sube prácticamente en vertical.  Me recordó el que sube al Santuario de Montserrate en Bogotá (este fue construido en dedicación a la Virgen de Negra de Montserrat, este del que estoy contando, por eso el mismo nombre), para ése sí cerré los ojos y  tuve que “entregarme”, ¡qué susto!  Pero según me contó don Juan José vale la pena subir, porque ahí arriba hay túneles y más naturaleza, eso quedó pendiente para mi próxima visita.

Una vez que el sol empezó a despedirse, nosotros decidimos que era el momento de dejar aquel mirador con su cruz y empezar el descenso.  De siete, quedábamos cinco, aunque hacía seis horas no nos conocíamos de nada, mientras regresábamos definitivamente habíamos generado un vínculo, conversábamos como si nos conociéramos de siempre.  Ver el mundo desde una cima como la de Montserrat es magia, lo transporta a uno a un estado de ‘sonrisa eterna’, ahora entiendo esa obsesión del ser humano de buscar las alturas.

En el tren camino a la estacion del Teleferico

En la estacion.

El carrito en el que subimos y luego bajamos.

Empieza el ascenso.

Primeras vistas. Todo se hace pequeño.

Al frente la montaña.

Llegue!

A subir mas, ahora a pie.




A esa cruz que se ve a lo lejos caminamos.

La iglesia.



Llegando a la cruz.


Dentro de la iglesia.  Al centro y arriba la imagen de la Virgen Negra. Algunos visitantes observandola.

Desde la cruz.

Mensaje de quien alcanzo la cima.

La cruz.

El mundo en pequeñito.

Llegamos!!!

Mensaje para el Tito.


El Rio Llobregat, el pedacito que brilla.



martes, 5 de marzo de 2013

Confianza Solidaria

El sábado pasado me fui como voluntaria a solicitar donación de alimentos a la salida de un supermercado como parte de las actividades que organiza una ONG llamada Confianza Solidaria.  La historia de cómo conocí esta organización es larga de contar, pero acercarme a ellos me ha enseñado una Barcelona alejada de la que vi por primera vez hace siete años, pero al mismo tiempo encontré un oasis en medio de tanta desesperanza.

Siempre he pensando que las políticas asistencialistas pueden hacer más daño que ayudar,  siempre pensé que es mejor ubicar los esfuerzos en políticas a mediano y largo plazo parar construir en las personas sin dinero para comer hoy, habilidades para conseguir un trabajo y así lograr el sustento de manera independiente, la famosa frase de “mejor enseñar a pescar que dar el pescado.”  Sin embargo, nunca he dudado que en caso de emergencias, llámese terremoto, inundación, guerra, es necesario brindar alimento a la población que por estas razones no lo tiene.

Hoy España, y muchos otros países del mundo, pero en España lo veo todos los días, existe una situación de emergencia.  Hay miles y miles de desempleados para los cuales no es necesaria una política a mediano o largo plazo para desarrollarles habilidades para trabajar, éstos ya las tienen, lo que no tienen es opción de trabajo. 

Se oye hablar mucho de números, de bancos, de porcentajes, de si se pide o no se pide rescate, temas de los cuales apenas entiendo a decir verdad, pero de lo cotidiano se habla poco, eso que sí veo todos los días, aquello no agradable de descubrir y mucho menos de contar.  Muchas personas en los barrios de la ciudad de Barcelona que hasta hace pocos meses tenían una vida normal y estable, hoy, no tienen nada qué comer.

Confianza Solidaria se ha propuesto ayudar a los vecinos necesitados de su barrio.  En principio, cuando alguien se queda sin trabajo, lo normal es tener la esperanza de que pronto encontrará otro, la realidad aquí es otra, no hay mucha esperanza y la angustia se empieza a contagiar de barrio en barrio.

Los políticos que salen en la tele aseguran que pronto mejorará la situación, pero mientras mejora qué come la gente.  Confianza Solidaria se está encargando de alimentar a cientos de personas mientras aparecen soluciones más concretas (si es que llegan a aparecer).

En medio de la emergencia, brindar directamente los alimentos a quienes lo necesitan, es la única manera de evitar que muchos pasen hambre. Confianza Solidaria empezó atendiendo a personas en el radio inmediato a su barrio.  Sin embargo, la cantidad de personas que ahora acuden supera por mucho ese radio, incluso vienen personas de fuera de Barcelona a solicitar ayuda.  La encargada nos comentaba que lo complicado de la situación es que hay muchas personas cuyo status social y económico siempre ha sido alto y ahora en medio de la crisis les da mucha vergüenza pedir ayuda, pero llegan a un extremo en el que superan esa vergüenza, el hambre es mayor y se acercan al centro.

Esa mañana de sábado en el supermercado nos colocamos en la entrada, la encargada del supermercado no de muy buena gana nos permitió estar ahí todo el día (entre varios voluntarios hicimos turnos de cuatro horas).  Colocamos una mesa, unos afiches identificando el proyecto y manos a la obra.

Fue una mañana-tarde de altos y bajos impresionantes.  Nos pasó de todo.  La gente en este país la está pasando mal, están pasando mucho dolor y no lo están dejando salir, así que en cuanto tienen una oportunidad explotan, pero claro, explotaron con nosotras. 

Nos encontramos con el tipo de personas que desde el principio sonríen y dicen que fijo van ayudar, esos son los fáciles.  Luego están los que se enojan por pedirles ayuda, evaden, ignoran o de plano te tratan mal.  Fue una mañana llena de frustración, aprendí a recibir miles de “no” y no morir en el intento.

Sin embargo, la mayoría de las personas están dispuestas a compartir.  Muchos, aunque nos riñeron, más porque están enojados con el gobierno que con nosotras, traían alimentos a nuestras cajas.  Detrás de muchos “no”, hubo el triple de “sís” y eso me dio el oxígeno para seguir ahí y ganarle a la frustración.

Imposible olvidar a quienes entre dientes y con los ojos aguados decían que no podían ayudar, ‘mi hijo o mis hijos están en paro’, agregaban, ‘apenas llegamos al mes’.  O al señor que no leía bien los afiches, me pide que le explique y a los diez minutos me pide entrar con un carrito de la compra.  El señor había ido al súper por un solo paquete de pan y salió con veinte bolsas de arroz para la causa.  O la señora que con cuatro botellas de aceite de oliva, muchas latas de tomate y atún nos dice que es poco pero es lo que puede dar.  Impresionante los corazones abiertos solidarizándose.  Algunos decían, ‘no sé si mañana seré yo’.

Ese sábado entendí que aparte de necesitar alimentos, la gente está ávida de espacios para quejarse, desahogarse, hablar, compartir,  la situación por la que pasan no es fácil.  Algunos cuando nos reñían se les notaba o nos aclaraban que no tenían problema con nosotras, pero es que estaban hartos, que no habían soluciones, que lo que estaba pasando no era justo.  En aquellos casos, escuchamos, sonreímos, dimos algunas palabras de aliento.

Cuando terminamos el turno habíamos recogido bastantes cajas con alimentos, aunque la sensación final es que nunca será suficiente, terminamos con una desazón en el corazón que aun no logro describir o calmar.

Yo creo que cuando los seres humanos pasan hambre la razón deja de ser prioritaria y se empieza a actuar con enojo y cólera, casi seguro de manera violenta.  El hambre aquí crece, sí, en los barrios de Barcelona, esos que los turistas recorren, algunas familias guardan silencio, otras ya empiezan a gritar: España está pasando por una emergencia.

En medio de esto, la esperanza brilla con Confianza Solidaria.  Se está creando una red de personas dispuestas a ayudar y eso calma un poco aquella desazón.  Aquí es cuando lo de la unión hace la fuerza tiene sentido...